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Espacio virtualmente gestáltico o gestálticamente virtual

¿PARA QUÉ…?

Muy a menudo en la sesión con algún paciente algo de lo que le ocurre, de lo que expresa, de lo que trabaja, me deja resonando durante todo el día o incluso varios; ya sea porque su tema toca directamente algo mío, porque su forma de mirar su asunto me enseña una nueva manera para mí o porque tiene un “insight” que de alguna manera enciende una lucecita en mí, que alumbra algo que estaba oscuro.

Un paciente, al que llamaré Z, se debatía en la sesión sobre acudir o  no a un taller y le propuse trabajar esas dos partes de sí que estaban en conflicto. Una decía que no tenía ganas de ir, que se le hacía muy pesado seguir removiendo asuntos en este momento y que tenía miedo.   La otra le acusaba de cobarde por no querer enfrentarse a ello, además de que se estaba perdiendo la oportunidad de crecer y convertirse en ese sabio que tanto anhela ser.

Aproveché ese tercer personaje, el sabio, y le propuse que se identificara con él, colocándose frente a los dos. Cuando se sentó en ese cojín -que representaba al sabio- y cerró los ojos le apareció su abuelo.
Sé tu abuelo le dije:
Soy un hombre de pueblo, me he dedicado toda la vida a labrar el campo, no sé leer ni escribir, tengo tres hijos, ocho nietos y mi casa. Llevo boina y camino con un callao”.

Le propongo al abuelo que escuche a su nieto, que le escuche en las dos posturas, la que no quiere ir al taller y la que le empuja a ir. El abuelo, con cara de desconcierto le pregunta: “pero ¿para qué quieres ir si no tienes ganas?, vaya tontería hijo…”.
Z volvió a ser ese personaje que acusaba al otro de ser cobarde y contestó: “para aprender más, para seguir creciendo y llegar a ser un sabio”.
Vuelve a ser el abuelo y de nuevo éste le pregunta: “¿Un sabio?, ¿para qué?”.
Cuando volvió para contestarle se quedó atascado, no sabía qué contestar a ese para qué…

Ahí re-conocí la fuerza que tiene esa pregunta, ¿PARA QUÉ? Conocemos la importancia de su uso en la gestalt, como una entrada al aquí y ahora y al darse cuenta, más que a justificar o a intelectualizar. Nos invita a entrar a un lugar desde el que podemos contactar con nuestro deseo más limpio, mientras que el ¿por qué? nos lleva a la cabeza. (Pruébalo; ante un mismo asunto hazte las dos preguntas: ¿por qué? y ¿para qué? y si te dejas sentir notarás que pasan cosas bien distintas). Cuando en sesión la utilizo, puedo ver en la expresión del paciente que ha sido tocado y en algunos casos desmontado, poco más hace falta que acompañarlo en ello. Yo la considero una pregunta limpia y directa, uno no puede “enrollarse”, si rendirse; y ya sabemos lo sanador que resulta no resistirse a lo verdadero.  Y ese abuelo, que parecía saber mucho menos que su nieto, parece que sabía lo que le estaba preguntando…

Entonces Z recuerda que, hace unos años cuando él era un adolescente y estaba muy dedicado al atletismo, su abuelo vino desde el pueblo a verlo. Lo llevó al estadio en el que se entrenaba cada día y le dijo: “Abuelo, siéntese aquí y verá lo que hago”. Z empezó a correr alrededor del estadio, dando vueltas, una, dos, tres, cuatro, cinco, hasta que se quedó casi sin exhausto. Cuando llegó donde estaba su abuelo, apenas podía respirar y se estiró en el suelo para recuperarse. El anciano se levanta y acercándose a él le pregunta. “¿hijo, para qué has corrido tanto y has dado tantas vueltas?, si casi no puedes respirar”.
Z me cuenta que al escuchar la pregunta se enfadó mucho con su abuelo, se sintió  frustrado y avergonzado.” La pregunta –dice- me llevó a ser consciente de que todo ese esfuerzo que hice corriendo para que mi abuelo me viera, era para que me admirara, para que se sintiera orgulloso de mí, en definitiva, para que mi abuelo me quisiera más”.

Entonces, le pregunté ¿para qué quieres ser un sabio? Z se quedó en silencio y me miraba.
“Llévate la pregunta -le dije-  deja que te resuene esta semana y nos vemos la semana que viene”.

Cuando yo escuché al abuelo hablar a través de su nieto, preguntándole con esa inocencia y esa sencillez algo tan simple: “¿para qué?”, me encontré riéndome de mí misma y sintiendo la vergüenza de quien se siente descubierta.
Desde entonces  llevo conmigo esa pregunta y hacérmela (si me acuerdo…) cuando tengo un deseo, un impulso o se me plantea una decisión, me pone directamente en contacto conmigo y me ayuda a relativizar, a quitarme presión; me ayuda también a ser más consciente y por lo tanto a no creerme tanto los cuentos que me cuento y a darme cuenta de cómo y cuánto muchas veces me complico… ¿para qué?, eso ya sería otra cuestión.

Alba Yagüe Megías
Abril de 2010